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Quebrantahuesos 2018

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7 horas, 21 minutos y 38 segundos era el tiempo que marqué en el crono oficial de la Marcha Cicloturista Internacional Quebrantahuesos de Sabiñánigo (Huesca) el pasado 18 de junio de 2017.

Como su nombre indica es una Marcha CICLOTURISTA pero con control de tiempo, así que ante ello es imposible “no competir” de una o de otra forma. Cuando haces la QH y lo comentas en cualquier tertulia ciclista la pregunta es inevitable ¿qué tiempo has hecho? Y luego ya se habla de cómo se ha afrontado, que entrenamientos has seguido, te has esforzado, has parado en muchos avituallamientos, etc. Pero el crono allí está, en definitiva, dentro de un deporte como el ciclismo, a todos nos gusta la competición, sana evidentemente porque no somos profesionales y los lunes toca volver al trabajo.

Sin duda la Quebrantahuesos es una marcha de referencia en Europa, porque en España es la mejor, después de nuestra 7 Muros de Pozalmuro, obviamente. Todo cicloturista sueña con hacerla y disfrutar del Pirineo Aragonés en una etapa que bien podría ser del Tour de Francia o Vuelta a España y “solo” 8.000 ciclistas son los afortunados que la hacen cada año. Sabiñánigo no llega a los 10.000 habitantes, así que podéis haceros a la idea de lo que allí se respira en ese fin de semana.

La recogida de dorsales en la feria es un punto de encuentro para ciclistas, además, por supuesto dar la cara ante algunos de nuestros patrocinadores porque no nos olvidemos, 7 Muros de Pozalmuro es, al igual que la Quebrantahuesos, una marcha autogestionada. Entre todos los stands tuve ocasión de charlar con Marga de Towcar-Enganches Aragón y Diego su comercial en Soria (responsable de hablar con el concesionario Hnos. Mateo-Lorenzo), con Marisol de ALÈ Cycling España y Marcos de Biofrutal-Productos Ecológicos. Visité los stands de OXD y Podoactiva así como coincidí con Ricardo de Road & Mud: Ciclismo y Opinión e intercambié palabras y sonrisas con todos ellos.

Una vez recogido el dorsal y fijado la hora de quedada para la mañana siguiente nos retiramos cada uno a nuestras casas para descansar, cenar y levantar las piernas de cara a la batalla que nos esperaba al día siguiente, calor anunciaban las previsiones.

Sábado 5:05 horas suena el despertador, toda la familia en pie. Mi padre, un año más limpiará el recorrido tras nuestro paso junto a Os Andarines d’Aragón y mis hijos con su madre y amigas subirán a Somport para vernos pasar y disfrutar del ambiente que allí se genera. Así que cada uno con su plan nos preparamos para el día marcado en el calendario de un año para otro.

6:15 nos juntamos frente al Hotel Villa Virginia cuya habitación doble con acceso a spa sortearemos el próximo 9 de septiembre tras acabar nuestra VI Edición. Allí vemos a Diego Tamayo antes de desearnos suerte con los compañeros del canfranero y acudir a nuestros respectivos cajones.

40 minutos antes del chupinazo ya estamos plantados en el Boulevard de Sabiñánigo donde acuden Lucho con su “hijo” Carlos, Óscar y mi padre ciclista, José, a quien le estoy muy agradecido por todo el cariño que me transmite y la ternura con la que me trata además siempre de animarme con mi progreso ciclista. Ya sabe él lo que le quiero.

7:15 horas, suena el cohete y aquello se empieza a mover, nos juntamos al cajón anterior (correspondiente a los ciclistas con tiempos entre 6:30 y 7:00 en anteriores ediciones) y sin patinete empezamos a pedalear, ya no hay marcha atrás, esto empieza, así que vamos a sacar y lucir todo el trabajo del duro invierno.

Pepe comanda, J.R. escolta, Myriam nuestra líder se cuida, yo le cubro y Samuel cierra el tren. José ya en la recta de las fábricas coge su ritmo porque quiere recuperar sus 6:45. Justo al pasar el puente se nos quedaron Lucho y Escuer por una avería nada más empezar, les íbamos a echar de menos, seguro. Oscar va regulando los watios de su e-bike para ayudarnos hasta Marie Blanque donde abrió gas y disfrutó como un enano. Genio y figura.

Nuestro objetivo era claro, acercarnos todo lo posible a las 7 horas, yo no lo tenía en mis piernas, pero había que ser ambicioso, realista, pero en 197 kilómetros pueden pasar muchas cosas. Así que concentración de inicio y al lío. El ritmo que marcaban Pepe y Oscar era alto, estábamos volando, montonera antes de llegar a Jaca, unos 20 afectados, Ángel entre ellos, no es grave, pasamos despacio y a seguir con lo nuestro. Así fuimos pasando Castiello, Canfranc, Rioseta con el abuelo de ZBC Juanjo. Llegamos a Candanchú, primer avituallamiento que pasamos con cuidado y tras la curva de herradura  me pasó como un sputnik Iván Villuendas, compañero de Módulo en “la resi” de Teruel. Debutaba en QH y 6:28, sin palabras ante este portento físico de la naturaleza. Ruso tenía que ser.

Nos acercamos a frontera y me empiezo a pensar, como una barrita, trago de agua y me empieza a faltar el aire, si, esa sensación de angustia no la había experimentado antes, pero ver a mi familia allí arriba… ¡EMOCIONA!

Aguanté con el grupo y a pesar de ser un ritmo alto no pasé de 170 pulsaciones con muy buenas piernas, así que la mente la tenía intacta. Javier Puivecino, ex-canterano del Real Zaragoza y clase a raudales se unió a la causa antes de Somport y ayudó bárbaro a que todo fuera sobre ruedas, literalmente.

Subimos cremallera , trago de agua, manos abajo del manillar y con cuidado para abajo. Vamos tumbando y este año sin ningún susto llegamos a la salida del túnel, allí reagrupamos, formamos treno y a darle. Samuel se nos había quedado en el primer puerto del día porque volvió a hacer el movimiento inteligente del día y cogió su ritmo para acabar en 7:28, clavando el tiempo del año pasado. ¡IMPRESIONANTE!

Seguimos volando hasta que llegamos a Marie Blanque, hasta allí nos habían llevado Pepe y JR rodando en todos los puntos de paso por debajo de las previsiones afrontamos los 4 kilómetros del muro francés. Siguiendo los consejos de los jefes de ruta de Zarabici (Roberto y J.M.) lo hacemos por debajo de nuestras posibilidades, guardando las piernas. Allí Pepe y J.R. cumplen el guión y paran a rellenarnos bidones, Javier marca ritmo y poco a poco vamos subiendo. Allí pierdo unos metros que luego recupero en la bajada, arriesgando lo justo, pero volando. Les alcanzo antes del avituallamiento donde vemos a Mini-Fran arreglando la bici. En meta nos enteramos que estuvo una hora y 35 minutos esperando a la asistencia de Mavic. Gran entreno el suyo en este 2018 para este día, pero una raja en la cubierta irreparable trunca la previsión del gran crono que tenía en sus piernas, una lástima.

Pasamos los llanos de Laruns, dejamos el desvío hacia el Aubisque, que este año se sube en el Tour, a mano izquierda y aquello empieza, la hora de la verdad, el verdugo de la Quebrantahuesos, Col du Portalet, 29 kilómetros con porcentajes que nunca sobrepasan los 7 puntos, todo un puerto Tour y donde se decide la gloria o la pena de la Quebrantahuesos. Seguimos en el treno, lo teníamos hablado de antes de salir, si yo me quedaba, me quedaba, Myriam era la que marcaba y era por la que trabajábamos. Lo recuerdo al grupo y pasamos kilómetros. Llega un momento, antes de la presa de Artouste, mi punto crítico de todos los años y donde se hace patente nuestra previsión. Mis condiciones físicas no eran las de 7 horas y empiezo a perder comba porque mis piernas empiezan a pinchar. Me hubiera equivocado, o no, si hubiera forzado para seguirles, pero mi cabeza había ganado unas batallas sobre mi corazón este 2018 y pongo ritmo de supervivencia, exigente y batallador, pero no suicida.

Se van, poco a poco se van, pero yo sigo, sigo y sigo, era el día y lo iba a seguir peleando, conozco la prueba y me conozco a mí mismo, así que todo iba a salir según lo previsto. Pasada la zona de árboles se abre el terreno y las temidas viseras se vislumbran a lo lejos. Emma, José y la familia de Patricia nos iban a avituallar. Habían apostado su día a quedarse desde las 10 a 18 allí para ayudarnos en lo posible y ver el espectáculo que QH brinda en los últimos km de Portalet. Yo tenía un bidón de agua fresca esperando y la fui regulando, pero la organización había provisto un tanque de agua a falta de 5-6 km para coronar debido al gran calor que iba a hacer, CHAPEAU. Allí estaban unos cuantos sabiñaniguenses animando y aguando a los ciclistas. Entre ellos destacaba Alberto Vinacua, un joven directivo de La Peña Ciclista Edelweiss, organizadora de la prueba, con el que he compartido algún kilómetro este invierno. Alberto me cogió el bidón y gritó que no parase, me lo rellenó y trajo corriendo por detrás. Sin duda un gran gesto el suyo por el cual le estoy muy agradecido. Esa pasión que pone por la marcha de su pueblo me encantó y recordó que compartida por mi y todos los que vamos a currar por Pozalmuro ese primer finde de septiembre. ¡Y YA VAMOS A POR LA SEXTA!

Con ese punto de emoción y las ganas de ver a Emma y su equipo afronté las viseras y pasé sin sufrir en exceso aunque las piernas cantaban a su ritmo particular. Empezaba a haber gente, ni punto de comparación con lo de hace años, pero aún hay románticos que acuden a Portalet y por fin noté el sitio donde Patricia me dijo que su hermano les atornillaba todos los años metiendo plato. Yo no tuve fuerzas de meter el 52 pero si para bajar piñones, penúltima curva y allí veo nerviosos y felices a mis amigos. Me transmiten esa alegría, entregan mi bidón y comida según lo previsto y dan energía para coronar y lanzarme a tumba abierta hacia abajo. Al día siguiente comprobé en Strava que había subido 2 minutos más lento Portalet que el año anterior, así que ¡COMO HABÍA VOLADO ANTES!

Carretera cerrada, mis compañeros delante, no les cogeré, se me habían ido muy pronto, así que me tocaba dar el do de pecho y no me podía esconder, ante nadie de alrededor, solo ante mí mismo y no lo hice, era el día de vaciarse. Cogí el carril izquierdo de la carretera, una autopista, así que para no molestar a los de la derecha que bajaban más lentos y jugarme una caída me lanzo para abajo. Alcancé los 86 kilómetros por hora (lejos de los 129 km/h de J.M.) y disfruté como un enano sobretodo porque mi estatura y peso ahora sí que corría a mi favor.

Llegamos al desvío al Balneario que nos encamina hacia el último puerto del día, el de Hoz de Jaca. Meto todo, ritmo tractor y para arriba sin sufrir porque aún quedaban km para volar. Me pasaban hasta los caracoles, lógico, soy lento subiendo pero son solo 2 km y luego les cazaré. Llegamos a la zona de salto de la Tirolina, preciosos aéreos con el pantano abajo, curva a izquierdas y se empieza a oír la ensordecedora música de un pueblo volcado con la Quebrantahuesos. Hoz de Jaca, allí me vuelven a saltar las lágrimas porque, aunque a mí me gusta mucho el Rock & Roll, estaba sonando “Lo Malo” de Aitana War. Esas canciones que no casan con mi estilo ni preferencias musicales sobre el papel, pero que por unas razones u otras se quedan marcadas y sacan sonrisas.

Una vez pasado Hoz me lanzo para abajo en el peligroso y curveado descenso, marco mi RP en esos tramos a pesar de la cantidad de botellas de Powerade que hay por las cunetas. En el avituallamiento habían dado en mano a los ciclistas, quienes echando un trago las lanzan a la cuneta. No es necesario, quedan feas y es peligroso porque algunas se paran en las cunetas, pero otras rebotan y quedan cruzadas en la carretera con el peligro que ello entraña para los ciclistas. Paso la presa, el túnel y la tachuela de acceso a la carretera Nacional y a buscar grupo. No miro para atrás, será lento, así que aprieto el culo y voy a por el grupo delantero, duelen las piernas, claro somos ciclistas, pero hay que seguir, ya estamos cerca y el terreno es favorable. No miro atrás pero noto como llevo gente a rueda y eso aún me da más alas.

Recuerdo al mítico Jens Voight cuando se retiró, un gregario como la copa de un pino y duro como pocos. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus palabras, pero algo parecido a… “no tengo grandes victorias que recordar por eso rememoraré siempre a la gente que retorcí o hice sufrir a mi rueda”. En ese momento hice esa frase mía, si mía, la de un globero más, pero que estaba disfrutando porque la meta estaba cercana. Llegamos y cogimos al grupo delantero, tomé aire y antes de coger el desvío de Betés pasé a comandar el grupo, podíamos ir más deprisa. Por fin había llegado mi terreno y ya no llevaba a Pepe y JR delante, así que si algo quería debía tirar para adelante. Noté que en el grupo había gas todavía, así que traté de organizar unos relevos en cadeneta o “gusaito”, poco a poco, con paciencia lo conseguimos y pasamos de ir a 35 a 50 km/h. Los que allí nos organizamos mirábamos estupefactos como había alguno que no entraba a relevo, estiraba el grupo y deshacía la buena organización que habíamos conseguido. Así varias veces, se lanzaban, aguantaban 500 metros y les cazábamos, una pena porque provocaba tirones a los que iban a rueda y el peligro de caídas. No pasó nada por fortuna pero eso es de manual.

Llegamos al desvío del Museo de Dibujo Julio Gavín-Castillo de Larrés, última tachuela, el grupo me pasa, un minuto de diferencia en meta. Descenso serpenteado antes de llegar a la estación, una caída, velocidad y gravilla, peligro, nos incorporarnos a la carretera y entramos en Sabiñánigo. Allí dientes y a exprimir lo que queda en el cuerpo, plaza España, fábricas, llegamos al puente Sardas, ambiente y ánimos, sprint, RP, curva a izquierdas, gritos de mi familia, ¡vamos Fer!, ¡Aupa Zarabici! y ¡YA ESTÁ! 7 Horas, 11 minutos, 37 segundos, nueva marca personal, 10 minutos menos que en 2017 y sobretodo… ¡CUMPLIENDO MI PRONÓSTICO!

Recibo ánimos de la grupeta desde el césped, dejo la bici, me acerco a mis compañeros y como un jarro de agua fría me dicen que Patricia se había caído en Tramacastilla. A día de hoy ya está fuera de peligro, pero se encoge el corazón cuando alguien se va al suelo, más si compartes tantos km y vivencias con ella. Todo lo demás queda en un segundo plano, el tiempo, el sufrimiento, los pinchazos, etc. ¡TU ERES FUERTE CAMPEONA!

Tras este sobresalto para el que nunca estás preparado se abren los círculos y vas comentando con los demás compañeros que tal les ha ido. Mi “Expresso” se había quedado a 61 segundos de cambiar de cajón, 7:01:00, por poco, lástima porque habían trabajado con ello en mente todo el año y tenían piernas para ello, pero… 61 malditos segundos, una pena. Mi sorpresa y alegría fue cuando me enteré que Dani Pons había conseguido aguantar con Myriam, sufriendo desde Marie Blanque, se soltó conmigo en Portalet, pero apretó para cazarles… ¡CHAPEAU CHAVAL!

Ya habíamos llegado y tras un mes con la boca cerrada me comí un donuts con Myriam y un Bollicao con Juanjo. La verdad que no me gusta comer estas cosas, pero creo que se cruzó en mi mente en esos días de hambre y se convirtió en mi antojo particular… Los comentarios de sensaciones, cronos, puertos, avituallamientos, fríos, calores, aire de culo y de frente, velocidades, incidencias y demás chascarrillos no faltaron ni allí ni en la comida posterior, cocinada en leña. Entre esa marabunta de cicloturistas y compañeros apareció Lorena con quien recordamos nuestra 2º QH juntos y a partir de la cual habíamos dado un salto de calidad en esto del ciclismo. Ella sola había hecho 7:20 en este año y juntos hicimos 7:57 en 2015. El progreso es evidente, así que ahora tocaba disfrutar del ambiente y relajarse tras muchos meses de entrenamiento donde se habían cumplido objetivos o no, pero sobretodo habíamos culminado un camino de muchas horas y kilómetros haciendo lo que más nos gusta, montar en bici.

El año que viene no participaré debido a mis estudios, pero el reto ya está planteado para 2020, Rebajar otra vez el crono y acercarme lo más posible a las 7 horas, ¿bajar? tocará trabajar para ser, quizá el único ciclista, con menos de 7 horas en QH y pelos en las piernas…

El año pasado dediqué a mi padre la crónica, pues este lo hago a sus nietos, mis hijos y por supuesto a mi compañera de viaje sin la que no podría cumplir ninguno de mis sueños.